Portada del disco Clics Modernos de Charly García | www.charlygarcia.com.ar
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Mariano del Mazo

Mientras el nuevo rock argentino se esforzaba por salir de los tugurios y la palabra under se proyectaba como adjetivo calificativo, Charly García se tuvo que ir a Nueva York para poner el sonido definitivo a la ilusión democrática. No fue el único; fue el mejor.

Clics modernos es un álbum con varias capas para el análisis –punto caramelo de la extraordinaria trilogía solista que culmina en Piano bar–, que parte de un rotundo gesto político. Política a lo Charly, atravesada por sutilezas y paradojas. El mismo que años atrás se ubicaba paternalmente sobre “las nueva olas” ahora decía “yo no soy mejor que vos, vos no sos mejor que yo” y hablaba de amigos de barrio, de gays, de chicos que se encuentran en los bares para bailar tango y fumar.

Esa semblanza de la cotidianidad de la libertad arrancada a los militares sería un límite en su obra, el umbral que dio paso a una megalomanía que terminó en una quinta de Luján. A partir de Clics Modernos ya nunca Charly estaría al nivel del resto de los mortales, nunca más se bancaría su defecto.

“¿Por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá?”, escribió en su loft, y enlazó en un artilugio notable la historia de los exiliados con su propia experiencia neoyorquina, rodeado de lujosos músicos de sesión y de máquinas nuevas para, desde la distancia –o gracias a ella–, tener la claridad para marcar territorio y concebir su disco más extrañamente contemporáneo y tanguero.

Cuando parte del rock argentino funcionaba como un eco tardío de las tendencias de la última década (el reggae, el ska, el punk, la new wave), Charly lograba su propia modernidad, global y personal al mismo tiempo.

Escribiendo cada una de las líneas instrumentales, no es del todo cierto que Charly descubrió aquí las programaciones y las cajas de ritmo: él fue la máquina de ritmo.Por esos días Spinetta decía, amargamente:

“Todo bien con mis canciones, pero los chicos bailan con Charly”.

 

El resto es conocido: grandes canciones, que no fueron comprendidas en tiempo por culpa de la rémora hippie que arrastraba público y crítica. La dictadura omnipresente en por lo menos “Nos siguen pegando abajo” y “Los dinosaurios”; la humorada de “Dos Cero Uno (Transas)” en sintonía con los desatinos de izquierda (¡Alfonsín vendido a la Coca Cola, Charly a Fiorucci!); la claustrofobia de “No me dejan salir”, espejada en The Wall de Pink Floyd; la melodía de “Ojos de video tape”, casi un homenaje a Seru Giran.

Clics modernos envejeció bien dentro de un género que envejeció mal. ¿Será porque Charly entendió en ese verano neoyorquino como un monje zen la perfección de su propio verso “cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada”?

Mientras hoy el hámster corre sobre la rueda en su laberinto retro, las canciones de Clics se oyen aún elegantes, provocadoras, frescas. Sí: aunque cambiemos de color las trincheras y de lugar las banderas, cada escucha es como la primera vez. Probalo:

Vía Radar

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