El equipo de rodaje y los actores de Søren grabando una escena en el Salar de Uyuni. | Foto: Merlina Acevedo
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Les compartimos una mirada crítica al último estreno del cine boliviano en 2018 y un pantallazo a un cortometraje imprescindible del mexicano Carlos Reygadas.

Mijail Miranda Zapata

Este es mi reino es un cortometraje del cineasta mexicano Carlos Reygadas, director de películas como Batalla en el cielo (2005) y Post Tenebras Lux (2012). La pieza forma parte de un largo intitulado Revolución, estrenado en México en 2010, que reúne diez miradas sobre el país norteamericano con motivo de la celebración del bicentenario del inicio de su insurrección (1910-1917).

El experimento de Reygadas (1971) comienza con la organización de un festín en el poblado de Tepoztlán, en las afueras de la capital mexicana. La celebración es amenizada por una selección variopinta de la fauna social azteca. Filmada a diez cámaras, durante al menos 12 horas, el realizador consigue una radiografía etnoantropológica estremecedora de una sociedad clasista, racista y hedonista.

La historia, en términos formales, es inexistente. Sin embargo, hay un entramado complejo de relatos y subtextos. Desde hippies ataviados con huipiles, pasando por aristócratas eruditos, turistas indignados, chicas fresas, indigentes alcohólicos, hasta niños rubios enloquecidos, son todos protagonistas de un filme que se centra sencillamente en retratar, de manera aleatoria pero certera, la reunión de todos sus personajes.

A través de un montaje trepidante, en apariencia caótico, una saturación intencionada del sonido ambiental y una fotografía de corte documental, Reygadas pone en crisis los esquemas de valores de una élite económica y cultural que 100 años después de un alzamiento popular fundacional, todavía discrimina y excluye, quizás con más disimulo, pero también con más violencia.

El cineasta mexicano Carlos Reygadas. Foto: EnFilme

En 12 minutos, el ganador del Premio al Mejor Director en el Festival de Cannes 2012, es capaz de cuestionar la fetichización del ámbito rural y su configuración cultural, la banalización de los hitos históricos, la segregación automatizada del espacio común, la mirada idealizada y folclorizada hacia la otredad, la ritualización del esnobismo en el territorio intelectual, el espíritu destructor inherente al ser humano respecto a aquello que no le pertenece, la naturalización del exceso y la miseria en los entornos de marginalidad, la reproducción intergeneracional de todas estas taras.

En 12 minutos, Reygadas ofrece al espectador una experiencia sensorial y cinematográfica intensa, en la que el exceso de estímulos audiovisuales provoca un quiebre entre el espectador y lo que percibe enfrente. Hay una tensión, creada con mucho tacto y claridad, entre la sencillez y la verosimilitud de lo que se observa y la creciente disconformidad que genera. Además, existe en el observador una certeza de que, a pesar del descontrol y el vértigo de Este es mi reino, hay una estructura sólida sosteniendo el desbarajuste, que antes de ser una alegoría, es una especie de reflejo cruento y sin maquillaje.

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Élites, segregación, esnobismo, multiculturalidad, folclore, fiesta, excesos y destrucción, son los tópicos que recorre un Reygadas incisivo e inteligente. Son, también, las temáticas que atraviesan la bolivianidad constantemente y, quizás, los dilemas nacionales de la mayoría de los países de la región. Y, finalmente, para efectos de este texto, son algunas de las pautas que parecen guiar el último trabajo fílmico del paceño Juan Carlos Valdivia.

Søren cuenta los periplos existenciales dentro un triángulo amoroso que tiene como protagonistas a Amaru, un joven millonario de origen aymara que trabaja como panadero; Paloma, una joven aristócrata cruceña que sueña con ser diseñadora; y un mochilero extranjero mitad filósofo, mitad gigoló. Tres caracterizaciones que antes que arquetipos complejos e inabarcables, se limitan a ser una tímida caricaturización de los peores estereotipos en nuestro país. Es en este punto donde, más allá de las coincidencias temáticas, el trabajo de Reygadas sirve como referencia para desmadejar una propuesta carente de profundidad y basada en la complacencia.

Søren es complaciente con sus actores, al permitirles regodearse en roles protagónicos que no parecen tener mayores exigencias que las de representar lugares comunes en cierta clase social y encarnar los conflictos vivenciales propios de una adolescencia acomodada e ingenua. Nada que ver con el Valdivia que hace casi diez años, en Zona sur (2009), había demostrado un pulso firme al momento de narrar los dilemas éticos, morales, sociales y económicos de una característica familia jailona en medio de un país convulsionado, con el foco especialmente centrado en la infancia y la juventud.

Søren es complaciente con los espectadores que le aplauden la fotografía de postal turística, con cholas e indígenas a modo de utilería; la “novedad” de mostrar una Bolivia distinta, que omite sus adentros más enrevesados y tortuosos, para concentrarse en una tibia historia de amor; el hecho de reivindicar un país cosmopolita, culturalmente arraigado a sus orígenes, pero con la capacidad de dialogar en inglés y francés; el plantear, en términos cómodos y ramplones, las terribles diferencias de clase, las tensiones sociales; el sintetizar “dulcemente” el tan celebrado mito del mestizaje en un idilio de amor “jaicholo”.

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Pero, sobre todo, Søren es complaciente con su propio director, quien parece haber perdido la brújula en sus intentos por plasmar su visión más personal acerca de la “realidad” boliviana. Si en Ivy Maraey lo más rescatable se encontraba en las secuencias que rehuían del autorretrato de su creador, en esta última propuesta sencillamente no hay nada que pueda resaltarse que no sean aspectos meramente técnicos. Una bonita cáscara para tanto vacío es uno de los peores síntomas para cualquier trabajo artístico.

Valdivia parece adolecer una fuerte desconexión con lo que realmente se vive y palpa en las calles, como si habitara una reclusión que solo le permite habitarse a sí mismo. No se entiende de otra forma la pretensión de ofrecer al público una cinta sin un ápice de sustancia.

O quizás solo sea que el espectador promedio, la mayoría de nosotros, que no escuchamos sobre Kierkegaard hasta esta película, sea incapaz de leer entre las líneas de Søren un ensayo que ponga en tela de juicio nuestros conceptos del amor desde una perspectiva existencialista.

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Resulta más penoso aún saber que en este ejercicio de autocomplacencia se hayan gastado los esfuerzos de una plantilla de trabajadores del arte que, incluso con denuncias públicas de por medio, hasta el momento no han recibido la satisfacción económica acordada por su trabajo en este filme. Un círculo de privilegios que, seguramente, cierra con la explotación de los más jóvenes y menos favorecidos.

Twitter: @mijail_kbx

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